¡Lár-gue-se!

¡Lárguese, aquí no hay nada por ver! Todas las malditas semanas voy preparando una entrada para que usted lo tenga en su parrilla dominical. ¡Lárguese, que esta entrada no tiene ni tema y quizás carezca de sentido! Lárguese, no la disfrutará, ¿de qué hablaré, si los contenidos preparados me han fallado y se han pospuesto para otras fechas que a nadie de acá le viene bien?

¡Lárguese, que esta entrada no tiene revisión! No la leeré dos veces para percatarme de alguna falta ortográfica o sintagmática, y estará plagada –aunque mi profesora se empeñe que decir el verbo plagar en este contexto esté mal, ¡lo voy a usar!– de errores malolientes.

Don Adolfo Suárez, el viernes, decidió empezar a despedirse de una fiesta llena de invitados. Y eso quiere decir que la última copa no se la tomará, pero sí comienzan las rondas de damedosbesos, unplacer, y lamanocomounhombre. El domingo a las 15:15 masomenos se fue. En España lo han matado amablemente a lo largo del fin de semana. “Somos los mejores en hacer obituarios de gente que aún no ha fallecido” decía el genialísimo corresponsal David Jiménez.

Lárguese, autobús. Me darás mañana los malditos buenos días de dióxido de carbono a las 7:30 con un café y mucho sueño en la parada. ¡Lárguese a tomar por ahí!

Lárguese, pero con la canción que ha permanecido en mi subconsciente durante toda la semana.

Y lo más triste, es que no hay mucho más que decir.

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