Dónde

Esta entrada va por aquellos sitios donde he escrito esta entrada: una cafetería, una biblioteca, un autobús y mi (ya ordenada) habitación. No inserto imágenes de los lugares (dejen de buscar) para que su imaginación trabaje por ustedes.

Foto: canalplus.es

Foto: canalplus.es

¿A quién le importa dónde se redacte, si lo importante es hacerlo? El lector no se planteará el lugar en el que el autor ha comenzado a trabajar esta entrada. ¿A que nadie sabe desde dónde os está escribiendo?

Toda persona que redacte habitualmente tiene un centro neurálgico, un área base en la que no empieza el relato de la historia hasta que la primera idea ensucia el blanco del A4. La redacción es el campamento de periodistas y demás calaña. Abres la puerta, entras, y te encuentras un zapato deportivo junto a una de esas botas converse tan de moda. Las paredes están plagadas de billetes de viajes en avión, tren y autobús; además de los tickets que verifican “yo fui en ese metro”. Dedicatorias y firmas completan el gotelé. Estamos en mi redacción más íntima: mi habitación. La mesa de trabajo ya no es mesa, convertida en perchero, estantería y reposacosas; tampoco es de trabajo, ya que “mi desorden organizado” impide cualquier actividad sobre el escritorio. ¿Y dónde carajo escribo ahora? Sitúo el portátil encima de las rodillas, y me tumbo en una cama que lleva deshecha toda la semana.

Entre un supermercado y una casa de la “potra” se encuentra el siguiente emplazamiento. Subes las escaleras, y abres la nariz cuando hueles la celulosa. “Buenas tardes Joseluís” le digo a mi tocayo, que me obliga a dejar la mochila en una de las taquillas. Abro el portátil bajo la mirada del flexo, y empiezas a bailar con los dedos entre teclas. Las yemas procuran ser tan silenciosas como un jabalí en la ciudad, por lo que los estudiantes les exigen que paren. Casi que te obligan a irte, y no porque hayas alcanzado la hora de cierre de la biblioteca de barrio.

“Anda, ¡han puesto a Queen! Qué pedazo de banda sonora” es lo que me repite una compañera del café. Como estoy preparando algo para los dueños, ni diré donde es (en Málaga) ni mencionaré su nombre (algo del zoo, para dejar alguna pistilla). Parece que el local está pensado para sacar el portátil de la mochila y empezar a vomitar palabras, a sorber un poco de la bebida que ya ni está caliente y ponerlo encima de la misma marca sucia de la mesa que el anterior comensal dejó. En la otra punta del establecimiento, tres repisas no paralelas sostienen libros cutres pero que no pasan desapercibidos en el inmobiliario.

Doy las gracias por no haber cogido el autobús en hora punta, donde no hay lugar ni para oxígenos. Tienes un vehículo de 12 metros para ti, para seguir escribiendo esta entrada. Pero sabes que la EMT no tiene una flota de Rolls-Royce. Y las frenadas, terremotos de motor y chillidos de la señora que se sube con un carrito cargado de gritones-no-tan-monos-y-muy-molestos. Incluso llegas a marearte si apoyas la cabeza en el cristal mientras tecleas. Pero lo importante, al igual que los lugares anteriores, es escribir un párrafo donde te encuentres y poder decir “esta entrada también se ha realizado aquí”. Como si mi portátil fuese el rotulador de un grafiti.

Y lo más triste, es aquel compañero que te mira la pantalla mientras escribes esto. Pedazo de cotilla.

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