¡Salgamos a correr!

En la imagen vemos el puente que conecta las dos aceras del Arroyo Jaboneros: El Palo y Pedregalejo. Si aguantas bien el frío (y el mal olor), es muy recomendable detenerse aquí sobre las 19:30.

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¡Salgamos a correr! Me digo los días que quiero correr. Me visto, ya voy pensando en los recorridos y la distancia a batir ¿4 o 14 kilómetros? ¿El paseo con viento o el interior con pendientes? A quién le importa, si lo que quiero es correr. ¿Y qué pasa con el tiempo? Ni siquiera estoy pendiente de él durante la carrera, tampoco le prestaré atención hoy. Que solo quiero salir a correr porque quiero correr, no porque tengo que correr.

Cuando salgo a correr, mi ropa da una imagen ridícula, “que ni pa qué”: los guantes por encima de un polar que no está hecho para el deporte, y pantalones cortos sin importar la estación o la climatología. Sin embargo, aquellos que salen a correr no miran más allá del siguiente paso que van a dar, nadie quiere hacer juicios cuando lo único que piensas es si podrás subir esa cuesta sin dejar de correr. ¿Qué más dará lo que vista cuando corra?

Aquella tarde que he podido pero no querido correr, noto cómo la pereza ha ganado a la voluntad; mancha con su champán de celebración toda la moral para salir a correr 3 o 4 veces semanales. ¿Y cuando he querido sin poder? Regreso por unos instantes a la confesionalidad católica/islámica/sionista y comienzo a maldecir deidades hasta que vuelva a la situación que presento en el primer párrafo.

Correr no se merece toda una entrada. Uno corre por la libertad de obligarse a hacer ejercicio, o porque quiere correr. En ocasiones me veo como un bendecido al tener un metabolismo que me permite correr más por voluntad que por físico. También me critico al no poder correr tanto como me gustaría, no me resulta sano ver cuando me adelanta alguien más fuerte, más grande y mejor. Pero, ¿y si elimino la comparación de mi ejercicio? ¿Acaso no me concentro en lo que yo hago, solo en el siguiente paso que yo daré y nada más que en la velocidad que alcanzaré?

Y lo más triste, es que correr lo hacen hasta los cobardes.

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