¿Por qué los de ciencias son mucho más listos y guapos que los necios incompetentes de letras?

Antes de todo, quiero decir que insertar un título a una entrada es una responsabilidad enorme. Tanto, que a veces he tardado lo mismo en redactar el contenido que en pensar el encabezado adecuado. En este caso, solo es una llamada de atención, una broma, una manera de cabrear al que ya estaba cabreado.

La luz no llega a mi memoria allá donde residen físicos que abordan la filosofía, ingenieros que ocupan sillones de la política o filólogos que cuestionan la cuadratura del círculo. No recuerdo los nombres de estas personas, no son ficticias, ni parecen visibles a los ojos de los que cavan la zanja donde levantan la muralla entre las ciencias y las letras: esa sí es imaginaria para mis sentidos.

Sé que el “delicado-pero-eterno” debate sobre las ciencias y las letras genera, no solo más debate, sino disputas y conclusiones muy superficiales de lo que declaro en esta entrada. Les hablo desde mis conocimientos, perspectivas y opiniones; sin ánimo de ofender, pero con ganas de hincar el dedo en la hemorragia.

En primer lugar, contemplamos las ramas de conocimiento como una bipolaridad: o cifras o palabras. No considero que esto sea un problema del individuo a educar, sino la problemática de un sistema empeñado en bifurcar el saber. Dentro de estas dos categorías (las supuestas ciencias y letras) no consigo encuadrar –¿despiste del autor?– la psicología, el magisterio o las enseñanzas musicales. ¿De dónde surge la división? Quizás del empecinamiento en ver las cosas en dos colores, dos hemisferios, dos caras de una moneda, dos corrientes políticas, …

En el segundo, parece que una entidad (tus padres, tus profesores o tu instinto) te exige escoger entre la ramificación científica y la lingüística. Nunca pude pisar una clase de latín durante mi bachillerato científico. Tampoco recibí clases de historia en el primer año. Me quedé con las ganas de profundizar en literatura universal. Todo lo anterior es una lástima, pero no me arrepiento de conocer bastante de química o biología. ¿Quién hizo esto?

En el tercero, se considera que una elección condiciona no solo tus posibilidades, sino también tus aciertos y manías, tus acciones y oratorias a favor de los tuyos y en contra de los no-tan-tuyos. Discurso manido el del chulito matemático que desprecia al filólogo. Exasperante el que tilda al ingeniero de agorafóbico y asocial. Cansado del que designa al biólogo con mayor intelecto. Muy harto del filósofo que cree que solo él comprende a Ortega y Gasset.

En las matemáticas, aprendemos el alfabeto griego; en la filosofía, el principio de incertidumbre; en la biología, sufijaciones y prefijaciones latinas; en la genética, que las secuencias del ADN y ARN están versificadas; en la literatura, la secuencia de Da Vinci; de Fibonacci, la belleza de la sucesión que tenemos más presente en la naturaleza; de Macondo, la entropía; etecé etecé.

¿Qué es la entropía? Me lo preguntas mientras clavas tu pupila en mi pupila azul. ¿Qué es la entropía? Y tú me lo preguntas. Entropía eres tú.

Y lo más triste son los Mulatos del Maycomb de Scout Finch (Alabama): aquellos que son tanto blancos y negros, que no los quiere nadie.

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Un pensamiento en “¿Por qué los de ciencias son mucho más listos y guapos que los necios incompetentes de letras?

  1. Te lo he dicho muchas veces. No concibo un humanista del siglo XXI sin un a seria y consolidada base científica. No hace falta que te lo comente más. Lo tenemos muy hablado. Myriam

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