El candado (IV y final)

A Mia. Y a todos los que colaboraron en esta perspectiva, en el viaje y en el disfrute de 15 días.

Pero sobre todo a Mia.

 

Una señora de pelo rojizo no pedalea por Frederick Allé, sino que la inclinación de la avenida le permite ir con una velocidad moderada encima de su incómodo sillón. Se detiene cerca de un supermercado, se baja de la bici –en marcha, ojo– con una hábil maniobra corporal. El sueño y el despiste no consiguen concluir la historia de la señora, pero su bici queda frente a la puerta del supermercado, sin una correa o cuerda o pitón que aferre el vehículo a un soporte fijo. La del pelo rojizo estaba comprando. ¿Acaso se había olvidado de asegurarla?

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No pueden ser todos tintes buenos, rojos y de cruz blanca. Sí, es una de los estados más democráticos del planeta. La sensación de bienestar penetra en las fosas nasales y te infecta desde la primera teja nórdica que consigues ver. La confianza que depositan los daneses en los daneses –en todos, desde el transeúnte hasta el heredero real– deja pasmados a los extranjeros y turistas internacionales. Hasta que escuchas el primer disparo: los accidentes con armas de fuego han aumentado en los últimos años, según contrastan los amigos que desayunaban conmigo.

Sí. Escucharás el racista, el homófobo y el xenófobo. Me gusta pensar que las ideas extremas son igual de respetables porque son el indicativo de una libertad de expresión. “Últimamente, tenemos más miedo a lo desconocido, a lo externo, a la gente que no es de aquí. Parece que esta tierra está concebida para albergar a 6 millones de habitantes y ninguno más” intenta explicar Lærke, intentando no sentirse del colectivo del que me está hablando. Pese a que es el único país donde he podido ver mujeres portando el burka como señal de libertad de culto y pluralidad ciudadana, mi amiga continua diciendo “lamentablemente, no tienen las mismas oportunidades laborales, ni la confianza que depositan en otras culturas. Lo foráneo ya no es del todo bienvenido a Dinamarca”.

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Al día siguiente, las raíces no se tragaron a la bicicleta. Ni recuerdo los colores, ni importan. Creo que ni se inmutó de lo que pudo haber sucedido en 24 horas. Ni estornudó. Ni se movió. ¿Acaso se olvidó de ella?

Segundo día. Casi recuerdo que el timbre apuntaba hacia el final de la calle, que siempre había apuntado. Los pedales no trazaban una paralela mas que una oblicua con la superficie. ¿Acaso se olvidaría de una bicicleta?

No todo es verde en las praderas estivales de Hasselagger. Dinamarca no muestra su cara B hasta que ella no quiere mostrártela. La materialidad, muy contraria a la solidaridad y cooperación con la que he crecido en valores, está disponible en las neveras de todos los hogares y a precios muy candentes. La hipocresía no es genoma, pero no deja de ser gen.

El primer día lo aprovechas con ellos. El último, ellos se aprovechan de quien pueden. Pillan, quitan, ocultan y engañan como cualquier otro ser humano. La lían, la enredan y pasan los problemas como si no fuesen suyos, como si el balón nunca contraatacase, enviándolos al río junto a las demás botellas de Tuborg. El primer día observé bicicletas sueltas y sin dueño a lo largo de las calles y establecimientos, pensando que el sentido de la propiedad se respeta con rectitud japonesa. El último, Mia tuvo miedo de dejar la bici sin candado junto a un parking de estas. Ni los daneses no son tan nórdicos, ni los daneses son tan daneses. Ni la descripción de acá es real, ni la que os ofrezca Lærke, Mia o Klaus.

Al cabo de tres días, la misma bici estaba frente al mismo supermercado. Ni el árbol ni el manillar se esfumaron. Apareció el último elemento: un candado de seguridad en la rueda trasera. Si se olvidó, querrá volver a ella.

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La marca de los daneses es una tierra preciosa. Ni se fíen de lo que lean aquí. Volveré. Volveré. Volveré.

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